lunes, 10 de febrero de 2014

Batalla abatida

     Un día cualquiera, sin previo aviso, atisbé de lejos que se acercaba una guerra. Y pude observar, como ambas partes se preparaban para luchar por una batalla que ya estaba ganada.

Claramente hay dos partes. Claramente son enemigas. Claramente, no son equitativas.

Por un lado observo cómo de patético se ve al bando pequeño y visiblemente perdedor, compuesto por un todo regordete, sencillo y complejo. Veo como torpemente se levanta a duras penas, helado y resbalando en el pequeño charco que ha creado un reciente y diminuto deshielo. Como él sólo, agarra un puñadito de inocencia la une y moldea a modo de espada, como usa los penúltimos dos miligramos de esperanza para forjar un escudo. A penas puede sostenerse en pie, pero se las apaña para cubrir a base de un ungüento de carencias y anhelos  cada cicatriz, aunque no puede evitar que algunas se sigan viendo.

Desde arriba observa el ejército enemigo, bien equipado con un centenar de metralletas de realidad y una veintena de tanques de experiencia. Se mofa de ese pobre infeliz aunque admira su capacidad de convertir el fuego en valía. Y en el fondo no puede evitar sentir pena por él. Porque intuye que al final, de nuevo, acabará ganando. Reflexiona y sabe que no es rival. Una vez más intentará hacerle entrar en razón. Marcará las pautas y se las explicará detalladamente, una a una. Impregnará de fórmulas y ecuaciones cada pensamiento. Pero no servirá de nada. Aquel no sabe de razones. Jamás llegará a entenderlo. Seguirá transformando cada sensación en valor. Hasta que no quede nada por sentir. Hasta el último latido. Sin embargo, y a pesar de su escasa lógica sí que es entendido. Ya que el ejército enemigo comprende porque esta lucha ciega sin opciones reales. Se trata de una lucha indiscriminada. Ha luchado por y para todo. Por cientos de causas perdidas y miles de sensaciones caducas. Pero siempre ha decido luchar independientemente de sus opciones. Porque han sido estas luchas lo único que lo han mantenido con vida. Aunque desgraciadamente, estas luchas, también serán su muerte.


"Sonaba tan absurda la idea de una guerra en medio de una edad de hielo… Pero llegó tu sonrisa y marcó la diferencia tenerla como bandera. De repente noté un fuego creciendo dentro de mí, impregnando de calor cada rincón. Deshaciendo el hielo que mantenía contraído mi miocardio e impedía que latiese el pequeño bombeante. Me llenaste de valor. El valor que me faltaba para no retener la risa, para romper a reír en cualquier momento. Impidiendo que cada momento fuese tan solo “cualquier” momento. "


jueves, 1 de agosto de 2013

Ya no te veo

     Primero dejé de verte como antes lo hacía, de lejos, si, pero desde muy, muy adentro hasta muy, muy adentro. Ya ni siquiera te miro. 
Mi piel borró de golpe, sin apenas darme cuenta, el tacto de la tuya, que tan a fuego se había clavado. Las yemas de mis dedos no querían ni oír hablar de todas las caricias que fueron acumulando para ti. 
Tiempo después se me empezó a hacer difícil recordar bien tu voz, que tantas veces de tan lejos consiguió erizarme la piel con esos susurros para no despertar a nadie cuando todos dormían. De hecho el mundo entero dormía cuando nosotros existíamos como dos, como dos mitades separadas.
Nunca tuve tu olor, quizá sea por eso por lo que ahora me obsesiona no olvidar el olor de la gente. 
Tu sabor... tu sabor se perdió hace mucho, entre tanto amargo. 

Me quedan tus canciones, bandas y voces que descubrí gracias a ti, o que fuimos descubriendo juntos. Si lo pienso, creo que es lo único que tengo y he tenido de ti. Pero, eso no te lo devuelvo, me las quedo, porque hubo un día en el que dejaron de recordarme a ti. 


     Me he dado cuenta de que no te echo de menos, que ya no pienso en ti con la mayor de las sonrisas en mi cara y eso supone que sé que nunca te voy a dejar volver. Qué las ya pocas veces en que pienso en ti, lo hago con una ligera tristeza, creo que se llama nostalgia. Nostalgia de lo que pudo haber sido pero no fue. Y la nostalgia lleva en sí la solidez de las cosas que son irreversibles, de las cosas que ya no pueden cambiarse. 

Y como no quiero que acabes siendo solo eso que dicen algunas paredes; “el adiós que jamás aprendí a decir” o que ya no pueda conservar ni un buen recuerdo, escribo esta despedida, para decirte adiós ahora que tu olvido me pilla de vacaciones. Ya basta de ser cobarde, como dice el grande, al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos. Hace tiempo que nos dedicamos a leernos entre líneas y sin nombres. Por eso, sigo este último juego aunque esta vez no voy a esconder el "tú" entre metáforas. Porque tú sabes perfectamente que esto es para ti. 

Son muchas las despedidas que no he podido o quizá no me he atrevido a llevar a cabo, de hecho esta misma lleva algunas semanas en el tintero, pero sin decir adiós es imposible seguir navegando. 
De otros intentos frustrados de despedidas que empecé en su momento saco estos pedacitos, quizá ahora no lo siento exactamente igual pero si los sentí:  

“Al amor de mi vida, pero no de esta vida. En esta más bien, has sido el amor de mi herida.  
Sábes que, cómo a la mitad del mundo, no me gustan las despedidas. Pero, cómo la otra mitad, a veces pienso que son necesarias. También pienso ahora, en que sabes esto porque estabas ahí aquella vez en la que no me pude despedir y tan mal lo pasé después. Fui yo quien te dijo más de una vez “no digas tonterías, conocerás a mucha gente eres muy joven” mientras tú me decías que nunca conocerías a nadie como yo. Y hoy juego a los equilibrios, a las medias tandas, que no tintas, cada cosa por su color, y te digo que es verdad que nunca conocerás a nadie como yo, pero también es verdad que conocerás a más gente. Digo esto porque es lo mismo que pienso en cuanto a ti. Nunca conoceré a nadie como tú, pero esto se debe a que cada persona es distinta. Cada conexión es completamente distinta. 
Algunas veces pienso en ti, en qué estarás haciendo y en porqué cojones no pudo funcionar esto. No sabía a qué se debía, hacia tiempo que no veía tus fantasmas reflejados en las caras de otros. Pero ahora creo que me he dado cuenta de por qué. Nunca me he despedido de ti. Y creo que va siendo hora de hacerlo, quizá nunca leas esto o quizá te lo mande en unos minutos. 
Nada será como tú, y no lo pretendo. También he de decir que es una lucha inútil por el hecho de que lo nuestro nunca fue. Nunca sucedió. Fue una idea que cada uno teníamos y tendremos en nuestras propias cabezas. No sé que es ir al cine contigo, pasear largo y tendido. Pasar una noche mirándonos a los ojos, o sin ni siquiera mirarnos. 
Quizá podría haber durado el tiempo que dura una decepción abismal, el tiempo justo para darnos cuenta de que la realidad la dejamos atrás hace cientos de años. Y sin embargo, bastaría eso para romper esta magia. Este cuento de hadas que hemos construido a base de golpes al hielo de una escultura que quizá no duraría ni un solo día de verano. Una vez escuché en una película algo así: “tengo miedo, miedo a que se suceda un momento tan perfecto que no merezca la pena seguir viviendo”, pudo ser el miedo a que fuese tan perfecto como parecía lo que nos impidió avanzar.  
Pero es más bonito quedarse con las cosas buenas, y aunque ahora no crea en nada, hubo un tiempo en el que creí en el amor, y quizá algún día vuelva a creer en él. Por eso debo ponerme en la piel de aquel yo, que si creía, y así no sentir que he perdido el tiempo y también entenderlo todo mejor, entender lo que hiciste. Que amar significa hacer lo posible, arriesgar todo si es necesario con tal de poder evitar al otro un solo segundo de dolor. Partiste en mil millones de pedacitos tu corazón. Congelaste cada uno de ellos y los enterraste en distintos puntos de este estúpido mundo sólo porque pensabas que esa era la mejor manera de evitarme un poco de dolor. Solo alguien que te ama de verdad es capaz de hacer eso por ti. Quiero creer que me amaste de verdad, porque sentirse amado es algo muy bonito, lo mismo también fallé yo por no terminar de creérmelo y eso, a su vez, nos hizo mucho daño. Así que también te pido perdón.” 

      Si alguna vez algo me recuerda a ti, miraré la pequeña ancla que me colgaré al cuello para recordarme que quedarte anclado a un pasado, puede destrozarte desde muchos flancos. 

No te asustes si ves que alguna vez nuestra historia me sirve de inspiración, no significará nada más. Ese juego ya ha terminado, al igual que esta despedida. 
Ahora si haré las cosas como deben hacerse, esta despedida si tiene un adiós, y además sin puntos suspensivos. Espero que alguna vez te quieran y quieras como nosotros no supimos querernos. Adiós. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

A este insomnio lo llamaré nostalgia.


Y a este insomnio lo llamaré nostalgia. Nostalgia de ti.
O quizá a esta nostalgia debería llamarla insomnio.

Son las cuatro de la mañana y llevo intentando dormir desde las doce. Hay un gato que ronronea junto a mi almohada y se desvela de vez en cuando, para mirarme y decirme con los ojos, que qué clase de chiflada estoy hecha. Yo lo acaricio y le digo que vuelva a dormir, él que puede. El que tiene el don de descansar 18 horas de 24. Qué feliz sería de ser así. ¿Imaginas lo fácil que sería todo si pudiese pasar 18 horas al día soñándote? Y es que hace tiempo que los verbos tenernos y vernos perdieron su conexión.
Y hablando de verbos, que bonita era aquella época en la que todos los verbos se conjugaban con la primera persona del plural. Ahora tú te conjugas con la tercera persona. De los verbos. Y yo, casi siempre en primera. No voy a negar que de vez en cuando cambio pronombres. No voy a eximir mi culpa de que hice muchas conjugaciones en presente mientras tú te quedabas en el pasado. Pero hay un verbo que yo nunca conjugué, que nunca he sido capaz de conjugar y que tú parece, parece… no dudaste mucho. Si, el verbo querer.  

Son las cuatro de la mañana y mi nostalgia de ti no me deja dormir. Sabe que cuando despierte de soñarte tendrá más hambre. 


lunes, 13 de mayo de 2013

Destino o adverbio de posibilidad.

      Antes, en las estaciones se conocía a mucha más gente. Hablabas con uno y otro para amenizar las esperas. Ahora, sin embargo nos pegamos a estas escasas cuatro pulgadas.Dejamos de lado la vida real y nos centramos en la virtual.

Sufrí mucho con aquella historia. Sobre todo, por la decepción que me causó. Fue como una luz en medio de una oscuridad que venía tatuada en mi piel desde hacía varios años. Y se apagó de golpe. Justo cuando pensaba que lo tenía, cuando me dio los suficientes motivos y actos como para creérmelo. Debía haberme fijado más en los detalles, me tendría que haber dado cuenta de la debilidad que desprendía. Pero no lo hice y por no estar atenta me tocó patinar descalza sobre el agua de nuestro repentino deshielo. O del suyo, o del suyo que causó el mío. 
Me pregunto qué pasaría por la mente de todos aquellos desconocidos que me vieron llorar sin parar en la estación y si a alguno se le ocurrió, aunque sea por un momento, acercarse y tenderme un pañuelo como había hecho unos meses antes aquel italiano de luna de miel en el tren cuando yo lloraba porque nos despedíamos. No. En España somos más duros. O más cagados. En España nos pegamos a estas máquinas en lugar de mirar a nuestro alrededor si alguien necesita un pañuelo. 

O por ejemplo, como ese chico tan guapo que no deja de mirar desde que me senté. Ese que lleva en una mano un libro de Benedetti, que deja sonar entre sus cascos algo de Sabina, que tiene una sonrisa nerviosa preciosa y a quien no se le ocurren ya más preguntas estúpidas que hacerme. Me ha preguntado por la hora (a pesar del reloj gigante que hay justo al lado), el lugar del aseo (bien señalizado con carteles en azul eléctrico), el lugar de la cafetería (si, esa del cartel en neón verde). 
Quedarme enfrascada en mis pulgadas, en lugar de girarme y preguntarle quizá, que como ve el cambio en la trama a mitad de libro, la conversación del jardín entre los protagonistas, preguntarle quizá por su canción favorita de Sabina y que eso nos lleve a hablar quizá, solo quizá de aquel concierto de Marwan en sala b, hace dos años. Donde sin saberlo quizá estábamos prácticamente al lado. 
Que eso, nos lleve a su vez a hablar de otros locales y descubrir entre incredulidad y risa nerviosa que vamos por los mismos sitios y sin habernos visto... tal vez quedemos para tomar una cerveza al volver del fin de semana. Y quien sabe, lo mismo en ese momento pensemos: ¡el fin de semana! miremos a nuestro alrededor y nos demos cuenta de que estamos solos, que es de noche y que por supuesto, ya hace tiempo que perdimos nuestros autobuses, o nuestro autobús. 

Quién sabe, lo mismo nos quedamos serios pensando un segundo y después acabemos rompiendo a reír. Tal vez, adelantemos nuestra cerveza y reconstruyamos nuestro fin de semana. Tal vez.

Quizá, cuando el domingo por la tarde tumbada en el sofá, y aun con el sabor de sus labios en los míos, coja el móvil y vuelva a leer ese "ya te echo de menos" que iluminó la pantalla nada más escuchar el ruido de la puerta cuando se fue, quizá, en ese instante, me quede pensativa y me alegre en lo más profundo de mí, de haber guardado el móvil en silencio en el fondo de la mochila aquella tarde en la estación. Pero tal vez. Solo, tal vez.

lunes, 22 de abril de 2013

¿Qué si creo en el amor?


      Sé que estás ahí, intentando encontrarte entre mis versos, porque tú sabes verte donde te escondo, y sabes hacerlo como nadie es capaz. 
No me preguntes que por qué lo sé, ya que tú tampoco podrías responderme si te preguntase que por qué me lees.

No voy a mentir diciendo que no estás desde hace mucho tiempo en ninguna de mis metáforas. Es cierto, estás. De la misma forma en que las cicatrices están siempre en la piel, pasen los años que pasen. Porque no. Nos han engañado; el tiempo no lo cura todo, porque hay cosas que son incurables.
Estás y lo seguirás estando siempre. Porque me he dado cuenta de que te has construido tu hueco entre mis cromosomas y ya no puedes salir de ahí.  Eres mi defecto congénito predominante.
Sé que no tienes ni puta idea de lo que te estoy hablando, pero es fácil. 

Empecé a vivir desde el día en que tú pronunciaste mi nombre por primera vez. Tú corazón fue mi útero y ahí me cree, crecí cada día un poquito más alimentándome de todas las palabras de amor que me regalabas a cada instante. Que a gustito se estaba encogida en tu ventrículo izquierdo, que cálida y segura era la vida desde allí.
Era tanto lo que me dabas, que no paraba de crecer. Hasta que un día tú creíste que yo era demasiado grande como para seguir dentro de ti. Pensaste que tu corazón se me había quedado pequeño, que ya no podías alimentarme bien, que yo podría necesitar más y tú no eras capaz de dármelo y me echaste. 
En realidad fueron tus miedos a no ser suficiente los que me echaron. Sacándome a oscuras, porque eras incapaz de hacerlo sin arrepentirte mirándome a los ojos, y dejándome a la intemperie del mundo, quedándome pequeña y dulce, pequeña y débil… a solas, ante él.  

Infinitamente pequeña… tu pequeña. No te diste cuenta… pero había espacio de sobra en tu corazón porque es inmenso. Y te lo digo yo, que he estado dentro. Quizá notabas algo de presión cuando aún yo lo habitaba, pero no era yo. Yo flotaba. Era todo nuestro amor, haciendo de placenta y cordón, quien invadía cada centímetro cúbico del aire que me rodeaba.

    Cuando te fuiste, ya nada me alimentaba. Y yo me hacía pequeña, cada día que tú no estabas cerca, un poquito más pequeña, hasta casi desaparecer. Pero entonces, tú volvías y sentía como aún seguía con pulso el cordón umbilical que me había negado a cortar. A penas era un hilo, pero tú llegabas y recobraba vida, me daba vida. Yo intentaba guardar toda la que podía, tenía la esperanza de que cuando recobrase fuerzas podría usarlas para intentar volver a colarme dentro de ti. Pero, antes de que pudiera hacerlo, tú te volvías a marchar. Cómo si supieras algo de mi plan. Y yo me quedaba, aún más pequeña, más y más pequeña, hasta casi desaparecer. Y en esas idas y venidas fue cuando tuve que crear mi coraza de hielo. Ni siquiera me di cuenta. Se trató solo de supervivencia.
¿De verdad no te diste cuenta de lo pequeña que era?  Tú me dabas mucho más de lo que yo necesitaba, siempre me diste mucho más. Yo no era grande. Era nuestro amor lo que era enorme, y tu corazón. Fue tanto lo que diste que tu enorme corazón se te quedó vacío después.

Y ahora entiendo, mejor que nunca, porque tengo tatuado en el alma ese poema de Mario. Porque tú siempre fuiste el corazón y yo, siempre he sido la coraza.





Ah, y en cuanto a la pregunta del principio. ¿Qué sí creo en el amor? Qué puedo decir yo, qué he nacido en un corazón, entre oxitocina y versos de amor.




sábado, 20 de abril de 2013

Pequeñas porciones


Supongamos que el tiempo no pasa tan deprisa, supongamos que las agujas del reloj deciden pararse cuando ven a nuestras sonrisas abrazarse al lado del río. Supongamos que el mundo se detiene cuando ve erizarse cada poro de tu piel y nada, nada más sucede. Y nada, nada más hace falta. Solo nuestros latidos, queriéndose. Supongamos que ya no tiemblo y que el tiempo decidió seguir cogiendo todo lo que había perdido cuando se detuvo. Y ahora la vida corre tan deprisa que ya no me da tiempo a verte. Que no podemos volver atrás, porque ese juego no lo permite el tiempo. Bastante tuvimos con lo que nos dio, con detenerse cuando todo era perfecto. Vamos a imaginar que ya no podemos hacer nada y que nos quedamos solos con el recuerdo, ¿ahora qué hacemos? ¿Qué hacemos ahora que ya no nos tenemos? Ahora, que no podemos cambiar nada… Vamos a dejarnos de suposiciones, vamos a sentir porque el tiempo pasa y una vez pasado ya no podremos suponer más.




jueves, 21 de marzo de 2013

Rarezas y entreversos

Que mis furias se enrarezan si de repente llega tu voz y explota el corazón dentro de la urna de aquello que fue nuestra votación.
Hoy me da igual la primavera, el invierno que el verano, me importa una mierda porque tu estás aquí lamiendo mi costado. Y es que joder, que te juro que la vida no es puta si eres tú quien la habita.

 No tiene ni idea el vino de lo que  tú das detrás de esa sonrisa que conquista naciones. Y hoy Madrid y Barcelona se vuelven dos minúsculas moléculas de nada porque la música gana cualquier batalla. Que ciudad más vacía esa en la que tú no estás.

Vamos a encender la vida siendo parte del mundo en el que vives. No hay mejores venas que las que puedo palparte en cualquier esquina. Me da igual tu poesía, solo me importa tu cuerpo acariciando mis heridas. Joder, mis heridas. Eres el puto cable que me conecta con la realidad de que existes allá dónde quedas. 
No huele a nada en esta primavera que no te respira. Mi alfombra echa de menos nuestras idas y venidas tan involuntarias. Dame otro trago que necesito fuerza para seguir viviendo existiéndote. Es decir, sabiendo que estás. Quién sabe, follando en cualquier cama. Quién sabe, muriendo en cualquier amanecer que te hace patearte el alma. 

    Demasiada luz en tu universo como para no acabar ciego, demasiada poesía esconden tus estrellas en ese, tu firmamento efímero y elocuente. 
Tus opciones reprimen a la más fiera de las bestias a un puñado de mariposas borrachas de amor. 
Tu puta piel, esa es la que tiene la culpa de que desprenda palabras al andar entre tus aceras perdidas, entre versos, desubicando corazones en las esquinas de los ayeres perdidos, en cada despedida en la que los besos no reinaron más allá de aquellos maravillosos abrazos que existieron en el momento en el que todo se acaba.

Dale al éxtasis de este momento la potestad de vivir más allá de un puñado de versos sin ubicación ni opciones, sin enlace permanente.
Vamos a deshacer los quehaceres que no nos valen de nada. Vamos a bebernos hasta los pasos, incluso esos que no andan, incluso esos que ven la vida en forma de recuerdo y nada más. Esos que detienen el reloj en el instante en el que el mundo decidió que tu aparecieras.